Ecología

(De eco-1 y –logía).
1. f. Ciencia que estudia las relaciones de los seres vivos entre sí y con su entorno.
2. f. Parte de la sociología que estudia la relación entre los grupos humanos y su ambiente, tanto físico como social.
3. f. Defensa y protección de la naturaleza y del medio ambiente.


La ecologia es la ciencia de la integración. Teoría de las interrelaciones entre los elementos de un sistema mediante la cual se entiende que las acciones dentro de entornos tanto naturales como humanos están relacionadas entre ellas y que dichos entornos forman parte intrínseca el uno del otro. Félix Guattari sostiene que la ecología (como búsqueda de un equilibrio que permita la sostenibilidad de la vida buena y que tenga en cuenta la abundancia de organismos, su interacción, así como los flujos de energía generados en dicha interacción) no es sólo medioambiental, si no que es también social y mental:

La verdadera respuesta a la crisis ecológica sólo podrá hacerse a escala planetaria y a condición de que se realice una auténtica revolución política, social y culural que reoriente los objetivos de la producción de los bienes materiales e inmateriales. Así pues, esta revolución no sólo deberá concernir a las relaciones de fuerzas visibles a gran escala, sino también a los campos moleculares de sensibilidad, de inteligencia y de deseo.

El término fue acuñado por el biólogo alemán Ernst Haeckel y a pesar de que se empieza a utilizar ya desde finales del siglo XIX, la ecología experimentó un fuerte impulso a partir de mediados del siglo XX con el ascenso de perspectivas teóricas como la teoría de sistemas o la cibernética que dieron una expresión mucho más formalizada a las primeras intuciones de la ecología. Ramón Margalef fue quizá la figura más importante de esta nueva forma de ecología, de grandes aspiraciones epistemológicas y académicas:

La ecología, a mi entender, es el estudio de los sistemas a un nivel en el cual los individuos u organismos completos puedens ser considerados elementos de interacción, ya sea entre ellos, ya sea con matriz ambiental laxamente organizada. Los sistemas a este nivel se denominan ecosistemas y la ecología, evidentemente es la biología de los ecosistemas.

De este enfoque se sigue la formalización de una serie de figuras del funcionamiento de los ecosistemas que, con mayor o menor exactitud y precisión van a saltar desde la ecología hasta otras disciplinas y, en no pocos casos, a la lengua corriente: el feedback o retroalimentación entre los elementos del sistema o la sucesión, entendida como la ocupación de un area por parte de unos organismos implicados en un constante proceso de acción y reacción que, con el tiempo, conduce a cambios tanto del ambiente como de la comunidad, entendida esta en un sentido físico y no cultural, son terminos fundamentales para entender los ciclos dinámicos de los ecosistemas.

Por supuesto, el ámbito primordial de la ecología fueron los sistemas físicos, botánicos y zoologicos en su interacciones. En términos de la propia teoría de sistemas, sus intercambios de energía e información. Y desde luego, los sistemas humanos en su interrelación con estos y en sus aspectos más funcionalemente relacionados con estos ámbitos. Pero las ciencias sociales del siglo XX no han dejado de buscar la relación entre sus propias tradiciones de pensamiento y los avances de la teoría ecológica. La ciudad, la metropolis, como sistema complejo de interacciones e intercambios quizá haya sido desde los años cincuenta el espacio preferencial para este tipo de desarrollos. Amos Hawley y Robert Park, la llamada Escuela de Chicago de Ecologia Urbana, fueron los pioneros de este tipo de acercamiento, que, aunque ha tenido aportaciones decisivas en la consideración de las ciudades como totalidades articuladas siempre ha terminado arrastrando un excesivo funcionalismo que ignoraba los elementos históricos que han configurado las grandes ciudades modernas. Y, cómo todo funcionalismo, acababa en una especie de apología de lo existente como meras tendencias a la estabilidad del sistema.



Sin embargo, de una manera más laxa y menos formalizada, los conceptos de interrelación entre las partes de un sistema y, muy en concreto, la relación entre los hombres y su entorno físico y energético, ya había sido tocada por algunos clásicos de las llamadas ciencias sociales desde una perspectiva crítica. Karl Marx, cuyo concepto de trabajo implica una relación constante de transforamción entre el hombre y la naturaleza, avanzó un concepto, el de metabolismo social, que a la postre ha sido fundamental en el desarrollo práctico de la ecologia social y la economía ecologicos y, a su vez, comprensiblemente, ignorado por las escuelas marxistas del siglo XX, extraordinariamente alejadas como estaban de esta sensibilidad ecológica y mucho más centradas en maximizar la productividad a cualquier coste. Es decir, la vida humana, el trabajo como categoría antropológica, no es sino una relación de transformación retroalimentada, una suerte de transformación mutua, con la naturaleza. La ecología y la historia no son antagónicas sino que se entienden plenamente la una sin la otra. En el libro tercero de El Capital, Marx dice:

El trabajo no es sino un abstracción y, considerado de por sí, no existe. Suponemos la actividad productiva del hombre en general, por medio de la cual opera el metabolismo con la naturaleza, despojado no solo de toda forma y característica social, sino incluso en su simple existencia natural, independiente de la sociedad como manifestación y afirmación de vida común al hombre.

Otro clásico de las ciencias sociales críticas que va a volver sobre las cuestiones ecológicas fundamentales es Karl Polanyi. En este caso, la crítica de Polanyi a un mecanismo supuestamente autorregulado como el “libre mercado” como principio organizador de la sociedad choca con las determinaciones del metabolismo social, término que Polanyi no utiliza explictamente pero al que se acerca en su definición de Tierra como una de las tres mercancias ficticias, junto al trabajo y el dinero mediante las que el mercado, como estrategia de poder, tiende a reducir la sociedad, el conjunto de las relaciones sociales, a intercambios monetarios. En este sentido, Polanyi es claro cuando se habla de tierra, de naturaleza, se habla de la propia sustancia, del núcleo de la sociedad que nunca podrá ser plenamente sometido al mercado. De nuevo, y quizá de forma más clara, la historia política de las instituciones sociales y las relaciones sistémicas de la ecología se entrecruzan:

La función económica no es más que una de las numerosas funciones vitales de la tierra. Esta proporciona estabilidad a la vida del hombre, es el lugar en el que habita, es una de las condiciones de su seguridad material. Nosotros podríamos imaginarnos con dificultad a un hombre que viene al mundo sin brazos ni piernas, o lo que es parecido, a un hombre que arrastra su vida sin tierra. Sin embargo, separar la tierra y organizar la sociedad con el fin de que satisfaga las exigencias de un mercado inmobiliario, ha constituido una parte fundamental de la concepción utópica de la economía de mercado.

Todos estos cruces entre história, ecología y política van a terminar de tomar sentido con el paso de la ecología al ecologismo durante los años setenta. Fenomenos como la crisis del petroleo, movilizaciones contra la energía núclear, crisis de la biodiversidad marcan esa década y hacen surgir una nueva subjetividad política consciente de la conexión necesaria entre las realidades, articialmente separadas de “la sociedad” y “naturaleza.” La ecologia política va a ascender en esa época como un proyecto de transformación social que aspira a dar una respuesta conjunta a la crisis económica, social y ecológica de aquella década. Para el ecologismo convertido en movimiento social y fuerza política no hay salida posible del sistema de dominación en el que vivimos sin que se tengan en cuenta las interrelaciones entre lo social y lo natural, hasta el punto de que estas categorías “esencialistas” se fundan en un sólo análisis político tendente a la emancipación. Quizá una de las formulaciones más claras de esta nueva política de liberación sea la del concepto de ecologia social de Murray Bookchin, un acercamiento que pone la realidad del poder en el primer plano:

Mientras la jerarquía persista, mientras la dominación organice la humanidad alrededor de un sistema de élites, el proyecto de dominación de la naturaleza seguirá existiendo e inevitablemente conducirá a nuestro planeta a la destrucción ecológica.

En tanto que ciencia de la integración y el equilibrío, una posible formalización espacial del concepto de ecología se podría establecer a través del concepto de tensegridad, entendida como principio base para un modelo de red omnicomprensiva y estable.

Principio estructural basado en el empleo de componentes aislados comprimidos que se encuentran dentro de una red tensada continua, de tal modo que los miembros comprimidos (generalmente barras) no se tocan entre sí y están unidos únicamente por medio de componentes traccionados (habitualmente cables) que son los que delimitan espacialmente dicho sistema.

La tensegridad es un principio estructural originalmente descubierto en arquitectura a finales de los años 50 – aunque el primer prototipo de sistema tensegrítico, denominado “Gleichgewichtkonstruktion”, ya había sido creado por Karl Ioganson en pleno constructivismo ruso allá por 1920 – gracias a tres distintas personalidades, todas ellas considerándose sus “inventores”: Richard Buckminster Fuller, David Georges Emmerich y Kenneth D. Snelson.

Buckminster Fuller fue el primero en idear el sistemas tensegrítico como sistema estructural, dentro de su investigación geométrica y filosófica acerca de la sinergia (síntesis – energía), la cual busca generar sistemas en donde “la totalidad es mucho más que la sumatoria de sus partes” (Edmondson, 1987). Él mismo patentó el término “tensegrity” en noviembre de 1959, como conjunción de las palabras tensional integrity (integridad de tensiones). David Georges Emmerich ya en 1958 hablaba de estructuras “auto-tensionantes”, sometidas al principio de la “morfogénesis”: las formas son unos “seres geométricos en el espacio” que se organizan según sus propias leyes. Su auto-constitución se desenvuelve dentro del principio de la auto-construcción y la utopía de una sociedad dentro de la cual cada uno podría construir su propio hábitat. Kenneth Snelson, que se refiere al mismo principio bajo el nombre de “compresión flotante”, ha sido de los pocos en desarrollar este sistema estructural a escala humana y su principal difusor en todo el mundo. Sus exploraciones más recientes se enfocan al átomo, cuya relación con la tensegridad ya había sido planteada por Fuller anteriormente; Snelson toma el magnetismo como medio para generar tensión o atracción entre los elementos. En este caso los elementos a compresión se localizan en la periferia, y son atraídos o traccionados hacia el interior.

Y es que efectivamente parece ser en todos los organismos vivos, y por supuesto en el diseño y construcción del cuerpo humano, la tensegridad está presente como la propuesta evolutiva más eficaz a la hora de administrar y distribuir las fuerzas recibidas, principalmente de la gravedad.

Ésto tanto a nivel microscópico – en la configuración de la estructura helicoidal del ADN, el citoesqueleto nuclear y celular (descubierto por Keith R. Porter), etc. – como a nivel macroscópico – en el aparato locomotor, en el cual la cohesión que ofrece el tejido blando (fascia) y su disposición continua, cohesionando y conjuntando las estructuras rígidas (esqueleto), proporciona una unidad al ser vivo, el cual se encuentra en un estado constante de cambio y ajuste a las diferentes demandas tanto exteroceptivas como interoceptivas y proponiendo soluciones a través de modificaciones de tensión del tejido blando, según explica Tom Myers, el escritor de “Anatomy Trains – Myofascial Meridians Manual and Movement Therapists”, en español “Vías Anatómicas”. Y porqué entonces no trasladar, o expandir – mejor – este conocimiento a la comprensión de las dinámicas sociales, y usarlo como principio base para organizar formas de resistencia más coordinada y cohesiva, antes, y mantener un modelo social más estable e igualitario después?


Buckminster Fuller sobre las estructuras Tensegrity


En un sistema tensegrítico la estabilidad de la forma se mantiene gracias a la continuidad del sistema a tracción, en vez que por el comportamiento aislado de los elementos a compresión que lo componen, y así podría ser el concepto más eficiente de red no jerarquizada, en la cual la cohesión estructural de todos y cada uno de los elementos del sistema a escalas variables (clases sociales, entes municipales, identidades étnicas, culturales…), genere una obligación, ya no solo moral sino pragmática, de una permanente  adaptación que llama a todos en causa.

Tensegridad en el lenguaje y la práctica política es entonces, antes de todo, la invitación a la inserción de otro léxico en un espacio semántico donde la batalla corre el riesgo de expresarse de forma “passatista” –  y utilizo aquí provocativamente, y de manera voluntariamente de-contextualizada, la expresión futurista justo para reivindicar la libertad de expresar un genuino impulso rejuvenecedor – y consecuentemente anquilosarse en posiciones, posturas, poses, ya innaturales.

Tensegridad también es el llamamiento a mirar la batalla misma por los derechos y las libertades desde un punto de vista menos maniqueo, menos granítico, ya que la autodeterminación como víctima – del opresor como del dictado genético – o como herido, o como atacado por una enfermedad extraña o un agente exógeno, no son, creo, tan funcionales al cambio como al revés la consideración del debate, de la acción, de la vida, como interrelación dinámica entre elementos que interpretan roles cambiantes y transitorios, en un espacio ni vertical ni horizontal: en un modelo tensegrítico lo que está arriba en este momento podría, al rotar la estructura, encontrarse abajo en cualquier momento sin afectar la estabilidad del sistema; y ésto puesto que, mirado desde otro punto de vista, no lo esté ya. Al mismo tiempo, cada barra del sistema tensegrítico, “entiende” – porque “siente” – la necesidad intrínseca de la presión y las tensiones que se le ejercen, como también entiende, por intima y necesaria conexión, que ninguna de las demás barras es exenta de las mismas: no sufre la carga, porque la comparte. En conclusión, si, como afirma el epigenetista Bruce Lipton, nuestra forma de pensar varía no solo nuestro comportamiento sino también nuestra biología, es decir la morfología del cuerpo, pues, con este conocimiento tenemos la posibilidad, ahora, no solo de pretender el cambio, sino de encontrar la manera más adecuada para obtenerlo. La revolución está, antes de todo, en la conciencia, que es, en última instancia,  colectiva. Dice Buckminster Fuller:

Todas las estructuras, debidamente entendidas, desde el sistema solar hasta el átomo, son estructuras de tensegridad.

REFERENCIAS

LAS TRES ECOLOGÍAS Felix Guattari
PERSPECTIVAS DE LA TEORÍA ECOLÓGICA Ramón Margalef
EL CAPITAL Karl Marx
LA GRAN TRANSFORMACIÓN Karl Polanyi
ECOLOGIA SOCIAL Murray Bookchin
EVERYTHING I KNOW Buckminster Fuller
VÍAS ANATÓMICAS Thomas W. Myers
LAS ESTRUCTURAS DE TENSEGRITY Juan Manuel Hoyos Mora


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