Cooperación

(Del lat. cooperatĭo, -ōnis).
1. f. Acción y efecto de cooperar.
/cooperar/
(Del lat. cooperāri).
1. intr. Obrar juntamente con otro u otros para un mismo fin.

La cooperación nos habla de la unión entre dos o más sujetos políticos para desarrollar un proceso con un fin más o menos determinado en el horizonte. La cooperación se desarrolla en dos marcos, por un lado el político y por otro el económico. A nivel político, exige flexibilidad y voluntad para el encuentro entre diversos sujetos políticos, heterogéneos y autónomos pero que se encuentran en las mismas coordenadas de opresión estructural por causas iguales, semejantes o incluso diversas. A nivel económico, supone un intento de superación, de manera colectiva, de los modos de producción y lógicas capitalistas, en contraposición a un sistema en el que solo un 1% puede permitirse el lujo de competir.

Si bien en ocasiones parecemos inmersos dentro de una desagüe al que se ha dado en llamar posmodernidad, heredero del fin de las ideologías y al que los movimientos anticapitalistas han tratado tanto de no perder de vista que necesariamente se han sumergido en él los vínculos afectivos y físicos no son una opción para el cambio político. La cooperación, en tanto que unión de dos o más personas individuales o colectivas, se hace necesaria para la mera supervivencia, y es en esta dimensión en la que no puede constituir una opción que abrazar o rechazar. Es, más bien, una cualidad irrenunciable que posibilita, en una dimensión política, que el sistema capitalista y su pretendida lógica de elecciones racionales y maximización de beneficios, no consiga del todo su verdadero resultado: la destrucción de vínculos no necesariamente instrumentales. Aun así, que la cooperación suponga un vínculo no instrumental no está del todo claro. Si los afectos nos son necesarios para tener una vida mejor no es solo porque nos hagan sentir más cerca de ciertas personas o colectivos de una forma que podríamos llamar meramente psicológica o incluso gregaria. La cooperación, como parte de la ayuda mutua entre seres humanos, va más allá de lo meramente afectivo y alcanza el nivel de irrenunciable, prácticamente fuera de toda discusión, cuando hablamos de los cuidados especiales que necesitan personas que no poseen autonomía por causas biológicas pensemos en personas de corta o avanzada edad, en personas incluso a las que un accidente o enfermedad ha imposibilitado ciertas funciones y ha convertido su existencia en una heteronomía permanente.

Así pues, no parece que la cooperación vital suponga una cuestión de elección o de maneras de vida. El sistema capitalista ha tratado de atomizar las relaciones entre las personas, desde el ámbito laboral, desde el ámbito doméstico con la asignación de roles claramente establecidos en función de sexo y reproducción, incluso en función de edad. Para ello, las instituciones están regladas, desde el mismo parvulario, donde se invierte la cooperación por las instrucciones. La imposibilidad, para gran parte de personas jóvenes en edad fértil, de poder acceder a una reproducción segura en términos económicos, o nublada por la incertidumbre de las relaciones personales o incluso geográfico-laborales, juega un papel determinante en la función falsamente autónoma del sistema. La falsa autonomía que el capitalismo promueve encuentra argumentos sólidos en lo innegable de la percepción de apertura que muchas de nuestras vidas tienen si las comparamos sin ir más lejos con las de nuestros padres. Incluso con nuestras propias vidas quizá proyectadas en la adolescencia. La identidad de descompone y la sensación de libertad y autodeterminación parecen hablarnos de la poca importancia de aquello compartido colectivamente. Las nuevas tecnologías a su vez promueven unas dinámicas relacionales con el atractivo reclamo de poder elegir la propia personalidad con la que se desenvuelve la persona en un entorno de libre y fácil entrada y salida. Justo lo contrario de las relaciones afectivas de dependencia que serían la base de la cooperación.

Así, los vínculos de nuevas utopías en red abrazadas en parte por algunos sectores antagónicos, se convierten en la acometida de la construcción de un castillo de arena sobre cimientos enemigos. Con la desigualdad en la base de las relaciones y la puerta abierta en caso de encontrar otro estímulo, se alimenta superficial pero eficazmente la sensación de grupo que toda persona necesita, mientras que los lazos reales propios de la cooperación se mantienen tan destensados como lejos pueden encontrarse dos personas que interactúen a través de estas redes. Otra característica de la cooperación que entra en conflicto con esta suerte de época ciberfetichista es aquella que nos habla de lo tangible. Pareciera que el capitalismo ha ganado la batalla a sus contendientes antagónicos a la hora de definir los espacios de intervención directa. Con la cooperación arrinconada a espacios virtuales creados por el propio sistema se aleja a esta de lugares en los que se deciden circunstancias de vida reales, no inmediatas pero sí permanentes y sólidas. Estos lugares pueden encajar con las instituciones políticas y económicas. Con una acción política que acepte, por ejemplo, que la cooperación se halla en redes digitales que no encuentren prolongación o profundización en la proximidad, o que estas sean débiles prolongaciones de las relaciones digitales, las instituciones podrán estar en cierta manera seguras y pudiendo perpetuar un orden que en el fondo estaría en la base de todas las relaciones concebidas como cooperativas pero sin sólidos lazos físicos.



La cooperación exige contrapartidas que las vidas compartimentadas que el sistema capitalista promueve encuentran incómodas o potencialmente (e indefinidamente) postergables. La perseverancia en las relaciones, por ejemplo, la flexibilidad, cierta capacidad de voluntad, no necesariamente entendida como sacrificio, o la renuncia a ciertos aspectos del “yo” en favor de un “nosotrxs”, presentan elementos de contracorriente en la interesada y fomentada desde el ámbito laboral, pensemos por ejemplo en la imposibilidad de mantener una conciliación cabal vida de consumo rápido. La autopercepción hace el resto. Cuanto menos tiempo nos deje el capital para nuestras propias vidas, paradójicamente más autónomos querremos ser. Sentiremos la ansiedad de tener que buscar un espacio y tiempo para nosotrxs mismxs, a buen recaudo seguramente de la necesidades (a veces directamente concebidas como caprichos) de personas que habiten nuestro propio entorno, abandonándonos a esa búsqueda individual que el capitalismo niega constantemente con el reloj en una mano y las obligaciones en la otra. La cooperación y su necesidad se hace notar incluso en aspectos considerados menos públicos de nuestra existencia, pero no por ello menos políticos, como el amor o la amistad. Sin tiempo para nosotrxs, ¿cómo le dedicamos parte de él a personas a las que queremos?

Responder a esta pregunta supone hacerlo sobre la cooperación, la ayuda mutua y las relaciones horizontales entre personas que no se hallan lejos ni física ni emocionalmente, pero para las que el sistema capitalista tiene diseñados desde hace tiempo compartimentos que tienen la propiedad, paradójica, de hacer creer que mientras se habita en ellos se puede fomentar lo contrario de aquello para lo que estos están concebidos, es decir, la perpetuación de las causas que hacen mirar hacia nosotrxs mismxs. La tragedia y la grandeza de la individualidad son simultáneas: la propia autonomía y desarrollo del “yo” se hace siempre en función de que existe un “nosotrxs” en el que encontramos calor, apoyo, comprensión y, de hecho, sustento vital o biológico para poder llega a ser durante todo el proceso que duren nuestras vidas. La cooperación no es, en efecto, una opción más; es una necesidad en un mundo en el que competir es un lujo que no podemos permitirnos.



La importancia de la cooperación parte de un (el) hecho antropológico fundamental: los seres humanos precisamos l@s un@s de l@s otr@s para sobrevivir y desarrollarnos. La cooperación implica las coordinación de las acciones de un@ mism@ con las acciones de las otr@s. Se diferencia de otros tipos de coordinación, como pueden ser el mercado o la burocracia, en que conlleva además de objetivos, normas y prácticas compartidas, vínculos sociales fuertes, una concepción compartida del bien común y una distribución igualitaria del poder. A mayor desigualdad dentro de un grupo humano más difícil crear el tipo de relaciones de reciprocidad que precisa la cooperación. Pese a lo diferente de épocas y contextos se puede aprender comparativamente de como resuelven y han resuelto los problemas de la gestión del común los diferentes grupos humanos, desde comunidades indígenas hasta empresas cooperativas, comunidades de regantes o colectivos autogestionarios.

La cooperación implica una conciencia compartida de que la verdadera independencia y autonomía individual se realiza en un contexto de reconocimiento de la necesidad que tenemos de l@s demás y que l@s demás tienen de nosotr@s. En palabras del filósofo Alasdair MacIntyre «el reconocimiento de la dependencia es la clave de la independencia». Durante buena parte de la historia del pensamiento occidental el reconocimiento de esta situación de codependencia se ha considerado un signo de debilidad, característico de niños, mujeres, ancianos y discapacitados. Cuando Aristóteles habla de la “virtud masculina” se refiere a la creencia de que “es propio del ser superior prestar ayuda y propio del inferior recibirla”. El imaginario del capitalismo neoliberal entronca profundamente con la visión aristotélica del «hombre hecho a si mismo”. En esta operación de maquillaje y ocultamiento de la realidad humana, el núcleo visible de las relaciones sociales se convierte en una sucesión de intercambios mercantiles entre individuos autónomos en los que se realiza un cálculo egoísta de coste-beneficio, y donde por arte de magia se acaba consiguiendo una suerte de bien común. El papel del altruismo es el reverso de la moneda del egoísmo: la negación de la necesidad del otro, una relación asimétrica entre un superior magnánimo y benevolente y un subordinado impotente y desvalido.


The Century Of The Self, Adam Curtis


Las diferentes corrientes socialistas y anarquistas, la antropología, el pensamiento feminista o el ecologismo han tenido una gran importancia en el reconocimiento del papel central de la cooperación. Karl Polanyi, siguiendo los estudios pioneros de la antropología y su propia experiencia como analista financiero, no negaba la existencia de relaciones mercantiles y competitivas en todos los grupos humanos como una más entre las relaciones sociales, si bien éstas se solían realizar entre individuos no pertenecientes a la misma comunidad. Dentro del propio grupo este tipo de intercambios o no se producían o implicaban una situación de exclusión (todavía en la Edad Media el intercambio de trabajo por un salario era motivo de desprecio, significaba estar excluido de las redes de reciprocidad). En la visión de Polanyi la exacerbación de las relaciones comerciales por parte del liberalismo en detrimento de las relaciones de reciprocidad y redistribución lleva en última instancia a la desintegración de la sociedad. Y como resalta el feminismo, el capitalismo, sin reconocerlo, precisa de toda una densa red de relaciones de apoyo mutuo y cuidados fuera del mercado para su funcionamiento.


REFERENCIAS

LA GRAN TRANSFORMACIÓN Karl Polanyi
BIENVENIDOS AL DESIERTO DE LO REAL Slavoj Zizek
EL DESENGAÑO DE INTERNET Evgeny Morozov
ANIMALES RACIONALES Y DEPENDIENTES Alasdair Macintyre
SOCIOFOBIA César Rendueles


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